Querida Luna:
¿Y si te dijera que estoy muerto? ¿Te reirías acaso? ¿Llorarías? La primera vez que me vi en el espejo y descubrí en él a un cadáver era yo un joven estúpido e ingenuo; valoré mi existencia basándome en un sueño que siempre quise creer una realidad y aislé mi alma, si así quieres llamar a mi esencia, de esperanza. Era un día de Noviembre, lo recuerdo porque aquel fue el que pensé sería el invierno más frío, claro que en aquel entonces no sabía de lo que hablaba y, mucho menos, sabía lo que era sentir. ¿Te ha pasado? ¿Aquella flama que te carcome por dentro y te hace suplicarle a la vida por un poco de calor? ¿Lo has sentido? Yo en aquel entonces empezaba a verme tentado por aquella misteriosa flama congelante y deposité en las letras y las palabras cada mililitro de mí ser, esperando encontrar no sólo un refugio, sino un mundo mejor.
¿Qué es un cuento?, ¿qué es una historia? ¿Es acaso un hogar donde tus emociones se resguardan de la vida o se trata, simplemente, de un escondite en el que tu mirada se pierde en el miedo de lo que está por venir? Quizá sea un poco de todo, pero, ¡oh, qué triste historia! Aquella vez era yo un chicuelo y le vendí mi sonrisa a un pasante encapuchado; me les entregué al odio, al rencor, a las pupilas muertas, a los silencios eternos. Y entonces llegó un resplandor. No, lo siento, no se trata de ti todavía, pero esta es sólo una recapitulación de la primera vez que vi a un joven vivo sonreírme del otro lado del espejo, era ingenuo, solitario, pero, también, se trataba de mí.
Sabes, aquel día dije: me siento vivo. Bueno, eso último es mentira ya que no dije ni pensé nada, sólo existí. Es triste, ¿no? Saberte vivo y no poder decírselo al mundo porque piensas que todo es un mito o que aquel lugar de dónde vienes se aproxima por detrás de ti con la única intención de secuestrarte y encerrarte en el vórtice de miseria del que tu alma viene. Bueno, así fue esto, corría tan rápido como me era posible y aprendía la magia del existir, del sonreír, del sentir, del entender y conocer. Como ya lo habrás anticipado, el resplandor murió dejándome atrapado en el silencio y el vacío del que vine. Todo fue mi culpa.
¿Qué por qué te cuento todo esto? ¿Por qué posas tus ojos por estas letras efímeras y continúas la lectura? Yo tampoco estoy seguro, pero poco importa porque, como antes te dije, estoy muerto. Me puedo dar el lujo de escribirte anécdotas cargadas de ilusiones pasadas e historias que jamás veré o viviré y, eso, es un hecho. Los muertos no sentimos las historias, sólo las escribimos en papel para que, los que aún tienen esperanza, levanten la mirada al terminar la lectura y se encaminen a un mañana, si no mejor, por lo menos nuevo y diferente. ¿Te interesa saber qué pasó después con mi cadáver? Si es honesto tu interés sigue leyendo, si no, ni te molestes en seguir. Está claro que apareces más adelante, pero, he muerto tantas veces ya que no me gustaría olvidarlas.
¿En qué me quedé? ¡Ah, claro! “Todo fue mi culpa”. Sí, era yo joven, el ataúd en el que me escondí tras eso era uno con mucha compañía, es difícil sufrir a gusto cuando existen quienes te hacen compañía, cuando existe alguien que te de caricias vacías y te haga mentirle a la vida con historias que jamás comprenderá, y poca falta hace dado que esa es justamente la razón por la que cuentas historias, para que no te comprendan y puedes navegar por el mundo de los vivos con un disfraz perfecto. El tiempo hizo su trabajo y se terminó ese capítulo con un misterio nuevo. Ahí es donde tú dices “aquí aparezco”. Sí, aquí empieza la historia que importa, al menos la que le importa a tus ojos curiosos y a tu nervioso pecho el cual, seguramente, se balancea suavemente mientras tu mente devora cada una de estas palabras. Bien, bien, dejaré de hablar de porciones de tu suave piel y continuaré la historia.
Aquel capítulo se había terminado, sin embargo, no era el fin de aquella historia. ¿Te ha pasado que sueñas con algo y cuando lo ves próximo a ti apartas la mirada y regresas a algún lugar en donde te sientes cálida? ¿No?, ¿sí? Pues, eso fue lo que ocurrió, mi cuerpo, ya en proceso de descomposición y con principios de rigor mortis, nadó de regreso a aquella isla de vacío donde se sentía acompañado, regresé a mi tumba donde sólo existía una utopía de papel colgada con cordones roídos. No te enojes, por favor, no quería huir, quería volar pero temía convertirme en Ícaro y al estar cerca de ti caer y ver mis aspiraciones ser sólo eso. Si, estúpido de mí, pero el capítulo que se escribió en mi tumba terminó como empezó, con silencio y agresión.
Silencio… silencio… el aire pasa lento y el frío emana de mí y no de los muros que me rodean. ¿Curioso, no? Frío, frío cuerpo el mío, pero más helado mi pecho, el cual se encontraba vacío de canciones. Entonces mis alas estaban colgadas en el armario, junto a mi disfraz de persona y el de amante. ¡¿Quién diría que aparecerías de nuevo en la historia?! Bueno, esa fue una pregunta estúpida, pero tenía que hacerse, creo. Ya no eras un Sol quemante y cegador sino que eras Luna; le diste calma a la tormenta y calmaste los pensamientos que se comían, vestidos de gusanos, cada uno de los rincones de mi mente. ¡Oh bella Luna! Y sí, la vida vino a mi cuerpo.
¿Quieres que continúe la historia? Lamento decirte que no lo haré, no porque no quiera narrar la historia sino porque ese libro es bastante extenso y aún está inconcluso y me apenaría que leyeras una obra incompleta. Sí, ya sé, ¿y entonces para qué escribí estas palabras? Yo tampoco estoy seguro. Le pregunté a una nube, esta mañana, si debía cantar, escribir, llorar, reír, vivir, morir, y lo único que hizo fue decirme que hacía mucho frío y que debía hacer algo que me quitara el frío. Los muertos no sienten el frío, ni el calor.
Y si te dijera que estoy muerto, ¿me creerías? No lo creas porque, si lo haces… lo estoy.
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