Un día…
Posted by poetasangriento on 20 May 2007 at 05:31 pm | Tagged as: Cuento
Cualesquiera que fueran sus motivos, cualesquiera que fueran sus razones, él ya estaba ahí, tendido sobre la cama, tendido sobre un río de sangre que provenía de un cuchillo que acariciaba su corazón con su afilada chuchilla.
Era martes, él paseaba por las instalaciones de su escuela, era de mañana y faltaba poco para que el sonar de la chicharra indicara el final de aquel sueño que el denominaba descanso. Ella lo seguía a todas partes, le hacía reír, le hacía pensar, le acompañaba arriba, le acompañaba abajo, exceptuando aquellas pocas ocasiones en las que se dedicaba a realizar deberes atrasados o que debía buscar algún maestro y pedirle un algo o un todo, hablando de calificaciones, claro.
El día transcurría de la manera más natural, él entraba en el aula, escuchaba las clases, anotaba los apuntes necesarios, los innecesarios también, platicaba con alguno de sus maestros, salía del aula, iba en busca de ella y la acompañaba, hasta que fuese hora de regresar a la rutina o que fuese hora de culminar con las clases.
Aquel martes era un día nublado, la lluvia parecía próxima y la angustia por las materias era ya casi mínima, y en caso de él o de ella, no había mucha diferencia, disfrutaban estar juntos, pero ya querían marcharse, huir de aquella prisión de concreto, aunque eso significara darle la espalda a todo aquello que los hacía alegrar o enojar, según el caso.
La chicharra marcó la hora de salir, él se apresuró para encontrarse con ella, pero ella ya estaba lista, esperándole, con aquella sonrisa que le cautibaba. Llevaba ya bastante tiempo su amistosa relación, él la había conocido un día en el que ella no pensaba conocerlo a él.
Ella no pensaba mucho en él, sus prioridades eran otras, de hecho, no se le había ocurrido que él quería más de ella, o que alguien deseaba algo más, la verdad era algo compleja. Ella buscaba muchas cosas para su vida, ¿lujos?, no, sólo deseos, sueños e ilusiones. Él sólo deseaba, no sabía a quién o qué, sólo deseaba, soñaba, pensaba.
Aquel martes habían quedado de salir juntos a alguna parte, ella estaba feliz por el lugar al que irían, él estaba feliz porque iría con ella a algún lugar. El camino era un camino como cualquiera, de hecho era el camino que él cogía frecuentemente, la plática, era una plática como cualquiera, de hecho, era una plática que ya conocían mucho ambos, de igual forma platicaban.
Entraron al lugar, era un inmenso lugar, dónde llegaron a sentarse y contemplar a gente hablar y moverse, todo detrás de una pantalla tan acomplejadamente grande, tan bizarramente colorida, tan…
Ellos estaban sentados, él no sabía si debía voltear a ver aquella enorme pantalla o seguir contemplando aquella pieza de artesanía, tan bella, que el mundo entero sentiría envidia de ver a aquel hombre con aquella mujer, con aquella joya.
Ella seguía impresionada con aquel juego de colores, formas y palabras que asimilaban un extraño licuado insaboro, pensando sólo en eso, hasta que en un momento de distracción, pensó en aquel que la acompañaba, pensó en aquel sujeto que siempre le acompañaba, en aquel sujeto que siempre estaba ahí. Ella volteó su mirada y su atención a él, él no podía dejar de verla hasta que se percató de que lo habían descubierto. Se miraron fijamente, sólo estaban ellos dos, ella en frente de él, él en frente de ella, las miradas ya no querían trabajar y sus ojos se cerraron, sus cuerpos levitaron gentilmente cual imanes y cuando al fin hubo el primer contacto, el cuerpo y la mente dejaron trabajar al corazón y a la pasión.
La gigantezca pantalla se tornó en negro y unos pequeños letreros blancos empezaron a surgir, los dos se desprendieron y decidieron acompañar a las personas hasta la salida, ya era un poco tarde cuando salieron de este lugar.
-No… debí…-. Ella dijo firme, encogida de hombros oculta su mirada de la mirada de él, él no sabía que hacer, sus pasos se habían detenido, juraba que su corazón también, siguieron su camino, hasta que tuvieron que separarse.
Él, cavisbajo, siguió su andar, llegó a una construcción que el atrevidamente denominaba suya, se adentró en la misma y no detuvo su camino sino hasta que llegó a un lugar donde objetos filosos abundaban, cogió uno, luego un extrño alimento blanco y cremoso, y se encaminó a un aula en la cual reposó su cuerpo sobre un algo inherte y suave.
Cavilaba, veía la imágen una y otra y otra vez, aquel rostro, aquella textura, aquel sabor… -¿por qué?.
Un sonido asesinó al silencio que predominaba en aquel lugar, él se perturbó un poco, pero se logró levantar e inció la búsqueda de aquel extraño artefacto sonoro. Al encontrarlo lo tomó, colocó su índice en una de las teclas y comenzó una conversación con una voz amiga… la de ella. -¿Hola?-, -hola, soy yo… sólo quería pedirte que no le dijeras a nadie sobre lo sucedido y qu elo mejor sería que lo olvidáramos-, -pero…-, - bueno, sólo era para eso, nos vemos, descansa…-.
Se le resvaló el artefacto de las manos, estaba nervioso, no entendía nada. -¿Olvidarlo?, ¿por qué?, ¿qué hice mal?-. Las dudas revoloteaban en su cabeza, el estomago le daba vueltas por igual y el corazón latía con una fuerza muy intensa, era tal el golpeteo que él sólo encontró una forma de detener el latir del mismo, cogió su mano y le pegó un estrepitado golpe… de su mano no había retirado el filoso artefacto.
Al día siguiente, ella lloraba, pero el día era un día muy soleado.
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