Observaba el fluir de la arena del reloj mientras en el exterior se oía el estrepitoso caer de la lluvia. Eran las seis de la mañana y la habitación seguía oscura, había que ir a la escuela, aunque esa era su menor preocupación ya que odiaba la monotonía de la misma, -recuerdo cuando despertar no me costaba; cuando sonreír era sencillo, ¿qué me has hecho tiempo? ¿Por qué has cambiado los colores por negro? Congélate arena, ya no trabajes más, quedémonos aquí….aquí… ahora…- se decía a sí sin despegar la mirada del reloj.

Seguía en su contemplación cuando, de súbito, un sonido inundó su cuarto forzándole a desplazarse, toscamente, al otro lado de la cama en un desesperado intento por extinguir la fuente del sonido. Luchaba contra el mar de cobijas cuando su madre irrumpió en la habitación oscura. La señora tenía puesto un vestido viejo que fungía de camisón, y una caja multicolor que se posaba en la mano que no estaba apoyada en la perilla de la puerta, -¡Felicidades! Que cumplas muchos años más… y todo eso… apúrate que se hace tarde…-, decía mientras movía el interruptor de la luz y dejaba el obsequio en la cama, -ya voy madre, ¿qué ni siquiera en mi cumpleaños hay piedad?- le contestó cuando su madre se disponía a abandonar la parcialmente iluminada habitación.

            Con pereza se incorporó y se dispuso a desvestirse cuando sus ojos cruzaron camino con el reloj de arena, -¡qué envidia! Tú que te mueves en tu quietud; que me recuerdas que el tiempo pasa, quisiera ser uno de tus granos caídos para ser del tiempo olvido y poder descansar… se hace tarde, comienza el día-, se dijo y comenzó a despojarse de sus prendas. Retiraba de sí el pijama que le regalaron el año anterior en esa misma fecha; deslizaba su ropa interior lentamente, como si esperara que el reloj hiciera algún comentario y, cobrando vida, le retirara el resto de la misma. Una vez desnuda se observó en el enorme espejo reposaba entre la puerta y el ropero, éste estaba decorado con fotografías de gente que había muerto recientemente, hombres y mujeres con peinados estrafalarios y sólo una que otra era suya; el acabado en la madera del marco remontaba a tiempos de caballeros ruines y dragones imperantes.

            -¡Cómo ha pasado el tiempo! Recuerdo cuando sólo era una pequeña, lo único que me diferenciaba de los niños era la grieta de mi entrepierna…- decía mientras contemplaba su cuerpo, -luego vinieron los cambios… recuerdo que a mis dieciséis años el profesor Ervert me enseñó la razón de mis cambios… maldito infeliz- dirigió su mirada al ropero y comenzó a hurgar en él, hasta que en un descuido su vista se encontró con aquel paquete que dejara su madre en la cama. Levantó aquella decorada caja y leyó la nota que colgaba del mismo, la nota leía:

 

¡Felicidades hija! A tu padre le hubiera encantado ver lo hermosa que eres.

Tu madre.

 

            -¡¿Me cree estúpida?!-, arrojó la nota al suelo y se dio a la tarea de abrir el paquete. Del cual extrajo un vestido negro con encajes y decidió probárselo antes de salir con rumbo a la prisión de la ignorancia que su madre denominaba escuela. Tardó un poco en colocarse el vestido, ya que primero se encargo de seleccionar la ropa interior que combinara con el mismo, y, una vez que estuvo lista, se encontró con su imagen en el espejo, -¡Qué bello reflejo de la noche! Hace de mi silueta maldita la imagen misma de la Luna…- dijo y distrajo su mirada con aquel reloj de arena que no cesaba su labor.

            -¡Detente! ¡¿Qué no ves tu marca en mi rostro?! ¡Deja ya de presumirme que no cambias, deja ya de reírte de mis pliegues! ¡¿Qué no ves que soy hermosa?!… Los chicos no me hablan, pero me desean… las chicas no me dirigen la palabra, pero me envidian…¡soy sueño que se aplaude por las masas, mas no verso comprendido por los libros!…sé que soy efímera en vida…mientras que tú, ¡sí, tú!, eres por siempre granos… soy flor que con grietas vago… soy bella… ¿lo soy?… Ya no quiero crecer…- sus piernas flaquearon y, al caer, rompió en un llanto mudo y quieto, las lágrimas fluían cual río desbordado por su rostro.

            Después de un rato el agua dejó de escapar de sus ojos a la vez que incorporaba su cuerpo. Guió sus pasos hacia la ventana única de la habitación, como si en esta encontrara la respuesta a sus dudas eternas; observó como el sol luchaba contra las nubes en un intento desesperado por brillar; contempló también el caer de la lluvia y, con esta, el de su esperanza y la escasa alegría que aún habitaba en ella. De su rostro escapó una lágrima y comenzó a retroceder sus paso, -es tiempo de dejar de crecer-, dijo y corrió de frente.

            Su madre estaba en la cocina, por lo que no escuchó el ruido del vidrio al colapsarse. La lluvia se precipitaba sobre el cuerpo destrozado de la joven que había caído quince pisos. El último grano de arena del reloj se encontró con sus hermanos. 

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