Don Miguel Longevo
Posted by poetasangriento on 10 May 2007 at 08:03 pm | Tagged as: Cuento
Minutos de Longevo
Por El Poeta Sangriento
El tiempo transcurre lentamente, pero lo hace con aún más pereza cuando esperas algún evento, algún momento o cuando es un instante de completa aburrición, aunque una hora sigue siendo una hora y un minuto sigue siendo minuto no importando cuan largo le parezco a uno.De igual modo el tiempo puede encontrarse con un acelerado ritmo que marcará la llegada de tú fin antes de que para ti siquiera sea esperado, es decir, cuando uno disfruta algo el tiempo deja de ser eterno para convertirse en un instante, y en sólo eso. Este es el tiempo en sÃ, un tiempo que todos los que estamos vivos compartimos por igual, para todos una hora es una hora, al igual que un minuto es un minuto, cada instante es un instante nuevo, que aunque estés dentro de una rutina jamás se parecerá al anterior ya que el anterior segundo es un segundo pasado.
Pero asà como hay pasado, hay presente y probablemente un futuro, aunque, si no me creen, deberÃan preguntarle a Don Miguel Longevo, quien a sus ciento tres años aún sigue vivo y con su salud intacta y en buen estado, él ha visto pasar la vida muy cerca de sus ojos, el pasado lo tiene muy presente, el puede ver el presente con mucha más claridad, pues sabe el por qué de que las cosas sean como son, pero es el futuro lo que mas le preocupa a este señor.
-¡Oh!, el futuro, el impredecible futuro, el futuro que nadie puede saber pero que todos quieren conocer, se preparan arduamente para recibirte de frente aunque saben nada de ti… -, Don Miguel contemplaba con una frÃvola mirada la cálida llama de la chimenea, era invierno, el frÃo se habÃa apoderado de los nervios de la gente, de sus sentimientos e incluso de sus pensamientos, la gente iba y venÃa buscando cobijo, buscando refugio, buscando alguna fuente de calor, toda la gente menos Don Miguel, el seguÃa ahà sentado, pensando al calor de la flama que lentamente se extinguÃa junto con el leño seco que la alimentaba. – ¡Oh tiempo!, ¿qué has hecho con nosotros los hombres?, ¿por qué peleamos todos por un poco de ti?, ¿qué te hace tan importante si yo te he conocido a lo largo de los años y nunca he necesitado un poco más de ti?-, La flama de la chimenea se habÃa extinguido casi por completo, en los ojos de Don Miguel se alcanzaba a ver como una lágrima escapaba, cual niño que comete una travesura y no quiere ser descubierto por nadie, – Tiempo… pasado… futuro… presente… todos mueren…¡Patrañas!, yo no he muerto aún, todos creen que deberÃa morir ya, pero no, heme aquÃ, sentado, frente a una absurda chimenea que desprende un absurdo fuego que absurdamente calienta las absurdas manos de un viejo-. El invierno era crudo, todos los hombres habÃan visitado, al menos en una ocasión, a algún doctor, todos menos Don Miguel, quien seguÃa sentado en su silla frente a la flama opaca de la chimenea, llevaba ya dÃas enteros ahà sentado, frente a aquella flama, aquella triste flama que perdÃa la vida como enfermo terminal en un hospital de vaga sanidad; ni un bocado habÃa atravesado los labios de aquel pobre hombre, ni una sola gota de agua habÃa siquiera insistido en tentar al hombre para que éste la cogiera y se la tragara con el gusto mismo de los hombres pobres que yacen hambrientos en las calles.
Esbelto, alto, encorvado, con la mirada fija en la flama y unas lágrimas de cólera congeladas en el tiempo, esto era lo que quedaba de aquel ilustre hombre que fuese alguna vez Don Longevo, de aquel ilustre joven que demostrara en su tiempo no sólo ser atlético y brillante en las materias del colegio, sino entusiasta, romántico y apuesto. De este hombre que fuese alguna vez sólo quedaba el recuerdo, una imagen en un fólder, un documento en un archivero, sólo eso, el pasado era el pasado, nadie podÃa volver a aquel tiempo ya, era un tiempo que no volverÃa a pasearse por los corredores de aquella casa perdida en el centro de la ciudad, que no volverÃa a ver morir a sus seres queridos, que no volverÃa a llorar por aquella primera ingrata, que no volverÃa a implorar por aquellos sueños que parecÃan distantes, que no volverÃa a cursar por la escuela, que no volverÃa a ver a su esposa huir con el amante, que no volverÃa a recordar, era un tiempo que no volverÃa a decirse presente, aunque el presente sea algo que siempre culmina en pasado.
-Pasado, al mismo tiempo que la vida, te alejas de mà cada segundo, me haces cada vez más a un lado, me muestras que el presente es fruto de ti, que no estarÃa aquà si no hubiera habido un tú… pero qué eres tú si no puedo verte, sentirte, escucharte… ¿por qué, si eres tan importante, te alejas de este viejo que yace aquà sentado frente a una chimenea que poco a poco se extingue igual que el tiempo de la vida?… o, ¿será acaso que la vida no se extingue como es mi caso?… ¿por qué me dejas vivir?….¿será porque eres pasado y sólo eso?- Don Miguel seguÃa ahà sentado, cavilando de la vida, frente a esa chimenea que lo habÃa visto crecer durante tantos años, pero pocos para los que el Don llevaba en el mundo de los vivos, ahà seguÃa, llorando los recuerdos perdidos, cuál avaro que pierde la joya más preciada de su vida, ahà seguÃa, lamentando los errores de su vida, cual drogadicto rehabilitado recordando su adicta historia, ahà seguÃa, solamente recordando.
-…Todo lo que tiene un inicio debe de tener fin, todo lo que vive muere, la flama encendida al poco rato se extingue, la brillante mañana de alegrÃa incandescente se extingue con el frÃo de la desolada y oscura noche… ¿cuándo llegará el fin de mi historia?- Don Longevo se levantó precipitadamente, como si hubiese recordado algo importante, pero al poco rato se sentó de nuevo en aquella misma silla frente a aquella misma chimenea, sólo que ahora una idea más le rondaba en la cabeza, -no he comido… ni he bebido… – sujetaba su barbilla cual cientÃfico en pleno descubrimiento, -llevo dÃas sin tomar trago alguno, sin probar bocado alguno y sigo aquÃ… llevo dÃas lamentando, llevo dÃas sin consuelo y sigo aquÃ… ¿será que mi deber no es el morir?-. Se levantó de su asiento, el cuerpo no le pesaba, el frÃo del crudo invierno que se vivÃa no le hacÃa efecto alguno, sus pantuflas yacÃan lejos de sus pies aunque éste, con una excelsa demostración de juventud corporal, se las colocó velozmente y sin problemas. Encaminóse pues hacia su habitación, el fuego de la chimenea misteriosamente ardÃa aún con la ausencia del leño que solÃa alimentarlo constantemente desde hacÃa ya varias lunas, Don Longevo iba sin prisa en esa misma dirección, a cada paso que daba una idea mas le alcanzaba el pensamiento, cada idea nueva era un descubrimiento y cada tropiezo de sus nada torpes pies significaba un error más en sus teorÃas, – uno… dos…uno…dos…uno…dos, los segundos siguen avanzando… los sueños los sigo extrañando… las lágrimas aún no se secan… uno…dos…uno…dos…el reloj no se detiene, mis pies continúan su andar, el tiempo es un tempo eterno, nunca empezó y nunca terminará… uno…dos… los sueños se alejan…los pasos de mi largo camino han dejado huellas que se borrarán cuando ya no ande más…uno…dos…sin comer…sin beber…aferrándome a la vida, aferrándome al oxÃgeno impuro de esta inútil vida…uno…dos…el reloj sigue ahÃ, la chimenea sigue encendida, el pasado sigue siendo pasado, el presente se convierte en pasado cada vez que el señor reloj avanza en su segundero…uno …dos…uno…sigo vivo… no recordaba que el camino a mi cuarto fuese ya tan largo…no recordaba, pero ahora que recuerdo, no quiero recordar…¿qué es un recuerdo?… ¡déjame en paz pasado!…- agitaba las manos al aire conforme guiaba sus pasos a aquel pequeño cuarto donde un aún más pequeño baúl lo esperaba cobijado por el viento frÃo del helado invierno -…¿dónde queda mi presente?…seré pasado cuando el presente ya haya pasado, entonces, ¿cuál es el ahora?…¡oh! ahà estás pequeño mÃo…-tomó el baúl entre sus brazos, lo acaricio cual pirata a un tesoro milenario, lo limpió tiernamente como madre a su primer infante, lo transportó cautelosamente a la silla que se encontraba colocada frente a la chimenea que aún conservaba aquella flama, la cual aún no se habÃa percatado que el leño era ya inexistente.
Sentado frente a aquella chimenea, con aquella flama, con aquel reloj frente a su mirda; sentado, con los muslos decorados con un pequeño baúl de madera, los ojos acurrucándose en un mar de lágrimas, los sueños de un pasado opacándose ante los sueños de un futuro; ahà estaba Don Longevo, acariciando su baúl, contemplando a la flama inmóvil, sentado como si esperara que alguien empezara un diálogo, – uno…dos… uno…dos…solos…tú y yo…solos…el tiempo y el viento…la vida, la muerte…los sueños, las desilusiones…solos tú y yo cofre mÃo, baúl de los recuerdos, baúl que alguna vez llené con tanto recuerdo, ahora… ¡termÃname!…¡termÃname pasado!, acaba de una vez con lo que empezaste…acaba de una vez por todas con este viejo, con este Don Miguel Longevo, con esta creación del pasado, muéstrame que no existe un futuro, al menos no para este viejo…- abriendo lentamente el cofre, cómo aquel que espera encontrarse un secreto antiguo, Don Longevo se llenaba de una ansia vacÃa, él ya sabÃa que encontrarÃa, pero de igual manera tomó su tiempo, la flama comenzaba a moverse nuevamente, el baúl habÃa sido abierto, dentro, sólo habÃa tres curiosos objetos, un frasco lleno de un polvo blanco, una pistola con municiones y una carta que aún permanecÃa sellada.
-¡Al fin!, ¡el tiempo por fin dejará de hacérseme eterno!…¡por fin me he asegurado un final!…aunque no recuerdo en lo absoluto el principio de mi historia…dime tiempo…dime presente, ¡no!, dime pasado… ¿cuándo?… ¿Cuándo comenzó?…¿por qué no recuerdo mi comienzo?…¿por qué sólo pienso en terminar si ni siquiera sé como empecé?…supongo que eso ya no es relevante…no…si lo es…¿o no?…- Don Miguel contemplaba sus manos, como si hubiese descubierto en ellas una mancha que al poco rato se extenderÃa por sus brazos, el reloj se aventuraba a susurrar un tic seguido de un tac, las ideas divagaban y se mezclaban como si todo lo que sabÃa hasta entonces hubiese sido introducido en una licuadora y se hubiese oprimido vacilantemente el botón de encendido, Don Longevo no podÃa pensar, no podÃa pero seguÃa pensando, no entendÃa lo que el descubrimiento le habÃa hecho, pero igual seguÃa ahÃ, sentado, frente a esa chimenea que parecÃa mofarse de el con ese fuego imposible que se encendÃa de la nada, la licuadora se detuvo al fin, -…da igual…el pasado es el pasado…lo único es el presente y vivir un futuro, pero, ¿dónde está el futuro?…llevo años viviendo sin encontrarlo, ¿será que no existe un futuro tal cual?…da igual, ahora ya todo da igual, nada es relevante, nada importa ya, mi fin ha de venir pronto…si, mi fin…ya no existe nada más después del fin… nada…- tomó en sus manos el frasco que contenÃa el polvo blanco, leyó la etiqueta que le habÃa colocado, sabÃa que el consumirlo terminarÃa lo que alguna vez fue iniciado, asà lo hizo, colocándolo en sus labios e ingiriendo todo el contenido, una larga carcajada de júbilo siguió a este acto de suicidio desesperado.
El reloj que yacÃa en la pared entonaba alegremente aquel tono que lo caracterizaba, “tic…tacâ€?, Don Longevo contemplaba el pasar de los segundos, el pasar de los minutos, el pasar de las horas, seguÃa contemplando, nada le habÃa hecho nada, el seguÃa sentado en su silla frente a la chimenea que conservaba a aquel invitado incandescente que yacÃa ahà desde el inicio de la espera del pobre hombre, -…tic…tac…tic…tac…el tiempo sigue y sigue…tic…tac…yo aquà sigo y sigo… nada…aquà pasa nada… la muerte inminente no se presenta… veneno maldito que no cumples tú labor… mataste a mi madre, mataste a mi hermano, mataste a mi padre, pero, ¿qué hay con este pobre Don Longevo?, nada…no hay muerte…sólo más tiempo…-la desilusión no interrumpió el aire tranquilo que respiraba el viejo, tomó el frasco, lo cerró cuidadosamente, como si esperara utilizarlo en un futuro, y luego lo arrojó al fuego, quien lo devoró sin remordimiento.
-¿Dónde estás fin?… ¿por qué te me escondes?… que mas da si el veneno no hizo su tan codiciada labor, su tan temida labor…no es el único que puede calmar mis ansias por acabar, mis ansias por decirme que ya no habrá más…ven conmigo segundo tesoro, sal de este pequeño cofre, sal, no seas tÃmido, con tu tan puro y elegante color mortal deberÃas cumplir con la profecÃa, todo lo que empieza, tarde o temprano habrá de terminar-, Don Miguel tomó aquella pequeña arma, la cargó, se aseguró de que sirviera apuntando a un florero, el cual en un estruendoso crujido se despidió de la vida, todo parecÃa listo ya, el fin era inminente, el presente no existirÃa mas para nuestro querido viejo, pertenecerÃa a aquel mundo al que pertenecemos todos, pertenecerÃa al pasado, -…sólo un clic…sólo necesito jalar de ti, ¡oh benévolo gatillo!, sólo necesito apuntarme y podré finalmente ser un ser feliz-, apuntando a su cabeza y cerrando los ojos para poder asà evitarse la molestia de contemplar el mundo y al tiempo dejar de existir, inhaló profundamente y tiró del gatillo, un estrambótico sonido apabulló al frÃo, al reloj, a la flama, a la silla y a ese pequeño baúl, pero no a ese hombre que seguÃa sentado en aquella silla, no a ese hombre que mantenÃa los ojos cerrados, no a ese hombre que seguÃa teniendo ciento tres años, La munición habÃa pasado por un lado de la cabeza y habÃa alcanzado a golpear uno de los vidrios, la flama que yacÃa en la chimenea entró en pánico, el helado viento inundó la casa de Don Longevo, él no hizo ni un movimiento hasta que no se hubo convencido que seguÃa en el presente momentáneo, en aquel presente del que tanto querÃa escapar.
-¡¿Por qué no puede un hombre morir y ser feliz?!…¡¿por qué me insistes tanto tiempo en mantenerme vivo?!… ¡¿qué precio tengo yo?!…¿o será…?- el viento golpeaba fuertemente el interior de la habitación, el helado soplar atormentaba a aquella débil flama, pero el miedo no la removÃa de aquel lugar en el que ella continuaba, el miedo no la removÃa de aquella chimenea que seguÃa sosteniendo en sà a aquel reloj que continuaba entonando aquella canción que llegaba a los oÃdos de aquel hombre que seguÃa sentado en aquella silla, no hubo más remedio que arrojar el arma al suelo. Harto y con los ojos ahogados en gotas de tristeza, Don Longevo tomó aquel último elemento del baúl, aquella carta cerrada, -Cruel mi destino al no poder partir, pero más cruel al descubrir que lo único que queda sin conocer es el contenido de este papel, de este inútil papel, de este… ¿papel?, si mi memoria no me falla y el pasado que conservo en mi pensar no es algo que se haya planteado mal, el contenido es algo que guarde para leer el dÃa en el que llegara el final, pero entonces no debo leerlo ya que jamás llegará mi final, jamás tendré un último momento, ya que “el último momentoâ€? que vivo es el momento en el que el presente se hace pasado…sólo puedo…sólo me queda leer este estúpido papel…sólo eso me queda…¡claro, rÃete de mi tiempo!…¡rÃete!…pero pronto dejaremos de pelear, porque tú aquà te quedaras, fluyendo como el sonido de ese estúpido reloj, mientras que yo ya no tendré que caminar y por fin podré descansar- una sonrisa llena de malicia decoró su arrugado rostro, tomó la carta entre sus manos, abrió el sobre y comenzó a leer el contenido de la misma, el viento dejó de soplar, la flama cedió ante la fuerza del gélido frÃo, el reloj paró en seco su serenata de “ticsâ€? y de “tacsâ€?, los ojos de Don Longevo se ahogaron por el extenso lagrimar, hasta que pronto no podÃan más llorar, tomando como última alternativa sangre derramar, las manos de Don Miguel flaquearon, la carta rodó en el suelo, la carta leÃa:
Miguel:
Jamás tuve un amante, pero sólo asà pude lograr que no te preocuparas por mi, tengo cáncer cerebral y el tratamiento es muy costoso… no creo sobrevivir, perdóname por mentirte. Te amo
El cuerpo inmóvil del viejo seguÃa sobre aquella silla, frente a aquella chimenea que seguÃa colgando a aquel reloj que ahora se encontraba mudo.
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