“De Olvido vive, de olvido muere, como planta en jardín olvidado…” Mägo de Oz

Nadie pudo olvidar el gris del cielo, aquel tétrico tono que contrarrestaba la felicidad superficial que inundaba el ambiente de aquel camión que avanzaba tímido por la carretera. En él, treinta pasajeros dormían, reían, comían, convivían, todos, menos uno.

Se recuerdan todos sentados en cómodos asientos grises, un tanto gastados, aparentemente reclinables -pues apenas se movían-, cercanos a un pasillo angosto, enjaulados por rígidas ventanas. De entre todos destacaba ese uno, un joven que yacía mudo; su única actividad era observar el paisaje entre suspiros. No alejaba los ojos de aquel cuadro móvil, como si aquella imagen le resultara hipnotizante o seductiva.

Jamás se olvidara como su vestimenta lo hacía lucir más insignificante, más pequeño, más abandonado, más mudo, tieso, cual muerto en cementerio.

Al fondo del camión se encontraba una jovencita, quien era alegre, de sonrisa insistente y de ojos iluminados, con un tierno aroma a mañana y movimientos sensuales y bellos. Estaba acompañada por un ser que aparentaba encontrarse en un estado igual de alegría. A pesar de que su mirada era igual de insistente que aquella luz que surgía de los labios de la chica, no era igual de joven. Las carcajadas se disparaban a diestra y siniestra, eran audibles incluso para los que fingíanse sordos. El mundo se hacia inexistente mientras la gravedad lentamente perdía su fuerza cada vez que aquellos dos cruzaban y entrelazaban sus miradas.

Las lágrimas secas, de el que he estado nombrando “mudo”, se reflejaban en el llover del día, en aquellas gotas frías que se aferraban al parabrisas, a las ventanas y a las vacías pupilas del joven inerte.

Al cabo de un par de horas, Mudo abandonó su rigidez y desplomó los brazos, que se encontraban cruzados, sobre su regazo, posando, al mismo tiempo, su rostro sobre el frío y suave vidrio que conservaba aún conservaba el olor de la ciudad.

Ella seguía sumida en su fantasía, hundida en la mirada de su acompañante y drogada por las palabras que éste pronunciaba ininterrumpidamente. Por azar del destino, el sujeto mencionó, aún no se sabe si en broma, a mudo y ella, en un esfuerzo de contener un grito, se lanzó hacia atrás. El nombre pronunciado por aquellos labios aparentaba un rudo portazo. Él, un tanto sorprendido, reaccionó a la actitud de la joven con un suspiro, seguido de la desaparición inmediata de su sonrisa, que hasta ese momento, había cautivado a los curiosos. -¿Por qué no lo acompañas? Se ve apagado, vacío, triste… ¿por qué me prefieres?-. Estupefacta, contempló a aquel hombre en silencio, con pena en las mejillas y confusa culpa en la mirada. No respondió. Se limitó a levantarse del asiento que había ocupado por largo tiempo y echó a andar sobre el estrecho pasillo. Sus pasos eran lentos, pensativos, casi cobardes; las miradas fijas sobre su persona la hacían titubear y en repetidas ocasiones, sentir las ganas de correr hacia donde se dirigía o de vuelta con el hombre que ahora formaba parte de la audiencia; el frío parecía consumir sus fuerzas cual fuego a la leña.

Una vez que la bella joven alcanzo el lugar mudo, comenzó, -Oye…¿Hay lugar para alguien más?-. Él no movió ni un sólo músculo, se limitaba a contemplar el caer de la lluvia, el tronar del cielo, el rugir del viento, el reír del mundo. Ella, temerosa, tomó asiento a su lado y lo acompañó el resto del viaje, también en silencio.

Nadie pudo olvidar el gris del cielo, aquel tétrico tono que contrarrestaba la felicidad superficial que inundaba aquel camión que avanzaba tímido por la carretera; la gargolés de mudo, las lágrimas de ella. Después de ese día se creó un agujero en la tormenta y a la tierra, un hueco menos.

Poeta Sangriento

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