September 2007
Monthly Archive
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oropeza 24 Sep 2007 | : Videos
Al final de cuentas, no somos mas que monos.
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oropeza 13 Sep 2007 | : Poesía
Me encanta Dios
Jaime Sabines*
Me encanta Dios. Es un viejo magnífico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega, y a veces se le pasa la mano y nos rompe una
pierna o nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe con las manos.
Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo, o Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien. Pero
esto a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, que el hombre se
traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para que la vida — no tú ni yo– la vida, sea para siempre.
Ahora los científicos salen con su teoría del Big Bang… Pero ¿qué importa si el universo se expande interminablemente o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.
A mi me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye bien el tránsito en el camino de las hormigas, y es tan juguetón y travieso que el otro día descubrí que ha hecho — frente al ataque de los antibióticos — ¡bacterias mutantes¡
Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos de plomo de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera increíble. Mueve una mano y hace el mar, y mueve la otra y hace el bosque. Y cuando pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento.
Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, y manda tormentas, caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero esto es mentira. Es la tierra que cambia –y se agita y crece– cuando Dios se aleja.
Dios siempre está de buen humor. Por eso es el preferido de mis padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos, la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy.
A mí me gusta, a mí me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios.
* Poeta mexicano, nacido en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en 1926.
Falleció en 1999, en el DF.
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oropeza 09 Sep 2007 | : Opinión
La tarde llego y acompañándola, el hambre. Decidimos pasar a un Pizza Hut para saborear una pizza con queso doble. Después de preguntarnos si era para comer ahí y el número de personas, la siguiente pregunta fue: ¿Área de fumar o no fumar?
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‘Área de no fumar por favor’, fue mi respuesta ya que no gusto de fumar, y auque respeto a los que lo hacen, me molesta el humo del cigarro a la hora de comer. La señorita muy amablemente nos llevo al área designada para no fumadores. Entonces me di cuenta de que el área de No Fumadores en este establecimiento, estaba en un rincón, escondido en el pasillo que lleva al baño, la poca visibilidad hacían que el servicio fuera mas lento. En resumen, el peor lugar.
Nunca lo había pensado así, pero las zonas de no fumar suelen ser los rincones más alejados y escondidos, mientras que los fumadores disfrutan de las zonas más amplias y centrales, y dado el caso, jardines, balcones o lugares cerca de las ventanas en donde se puede disfrutar del paisaje.
Ya se que la lógica es que los fumadores se encuentren en las zonas mas ventiladas, pero creo que los que no optamos por el tabaco también tenemos derecho a tener zonas libres de humo ventiladas, centrales y a lo mejor junto a un balcón.
¿Por que la industria restaurantera castiga a los que no queremos fumar?
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oropeza 09 Sep 2007 | : Opinión
¡Marcelo! Exigimos Ajuste de Tarifas

He visto este anuncio reflejado en prácticamente todos los ‘micros’ que circulan por la zona sur de la ciudad. Yo voy a hacer mi propio cartel que diga:
¡Sr. Microbusero y Concesionario! Exigimos Ajuste de Actitud
En mis tres modalidades como ciudadano urbano, diariamente tengo que interactuar con este medio de transporte causándome una sensación de temor por la integridad física de mi persona y la de aquellos que me rodean.
Como peatón, siento el riesgo de ser atropellado incluso sobre la banqueta. Como automovilista, dejando a un lado su falta de respeto por todas las leyes de transito, el temor cuando te avientan su unidad para hacer valer su ley. Como pasajero… bueno, todos sabemos que al ganado se le trata mejor. Camiones con exceso de pasaje, asientos completamente anti-ergonómicos, sin seguridad ni comodidad alguna. Solo se trata de meter más “pasaje”. Esto sin tomar en cuenta su “personalización” de las unidades. Luces y música molestas, acomodo de asientos, vidrios obscuros y un sin fin de genialidades mexicanas. Carecen de paradas definidas, sin horarios y a veces, sin frenos.
Y en el caso de ser mujer, el acoso que reciben por parte de los conductores y sus “ayudantes” es simplemente vergonzoso como sociedad.
No es justo que los ciudadanos recibamos tanto acoso y violencia por parte de los operadores de este medio de transporte. Si quieren mejores tarifas, es decir mejores ingresos, también tenemos nosotros el derecho de exigir una mejor actitud de su parte. Respeto por las leyes, transeúntes, automovilistas y sobre todo los pasajeros. ¿Tan difícil es tener un servicio de calidad?
Aunque no creo que la culpa sea en totalidad de los microbuseros. Gran parte recae en los concesionarios. Evidentemente no les importa el servicio a la ciudadanía, no les interesa la calidad del servicio del que son responsables. No les importa renovar las unidades ni buscar un trato o sueldo justo para los operadores o hacer el más mínimo esfuerzo por resolver todos los problemas que su desinterés esta causado.
Para el gobierno en turno este es un problema heredado del gobierno local de los ochentas. Desorden, caos, corrupción y negligencia de una visión muy corta para el transporte urbano pero muy grande para sus bolsillos. Es imposible que en una ciudad como la nuestra, grande y complicada sigamos teniendo tantos elementos de transporte tan primitivos.
Me entristece ver el trolebús, un medio de transporte ecológico y muy similar al metrobus, que en lugar de ser modernizado y expandido se ha dejado morir poco a poco y es asfixiado diariamente por los microbuses.
La idea del metrobus me agrada por que básicamente es quitar todos los microbuses y hacer pasar de forma ordenada, autobuses. No es la gran maravilla, pero parece ser la única forma de poner orden, en especial por las hordas de transportistas que se niegan a mejorar la forma de transporte. Es una acción que se debió tomar desde hace mucho tiempo.
Para una urbe como la nuestra el microbús como medio de trasporte no es la solución adecuada, como ya se ha demostrado a lo largo de los años. Es un medio que tiene que evolucionar a formas mas adecuadas de transporte público. Un sistema más integral, moderno, confiable y de calidad. Tal vez esto causaría que más personas dejaran los autos y taxis, y pudieran tomar hacia su casa un “agradable” viaje en autobús.
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poetasangriento 01 Sep 2007 | : Opinión
De la computadora se alcanzaba a escuchar “Canon” de Pachelbell, yo en el caótico estudio de mi casa trabajando en mis deberes escolares, mi hermano en mi habitación reparando y configurando mi ordenador, mi padre en la regadera, todos ocupados en lo suyo. El teléfono fue el encargado de terminar con aquel aire de paz que se respiraba en mi hogar, era mi madre, la angustia en su voz y las sirenas mezcladas con murmullos de personas curiosas hacían de la llamada algo inusual, la habían embestido con un vehículo mientras se dirigía a su trabajo. Más tardamos en colgar que en movilizarnos, mi hermano listo en quince, yo en veinte – malditas botas-, mi padre apurándose a vestir, en fin, mi hermano y yo tuvimos que correr por nuestra cuenta.
Gracias al vehículo en el que nos subimos –un carro Verna plateado, compacto, de dos puertas- pudimos acortar el tiempo de llegada. Al llegar, me bajé del vehículo y, por unos segundos, me quedé petrificado ante la escena, en frente de mi, habían tres vehículos, el más cercano a mi era aquel que reconocí como el de mi madre, se podía observar que la puerta del copiloto yacía abierta y que de ahí saltaba a la vista el cuerpo de mi madre, quien tenía el celular adherido al oído y los ojos llorosos, sus piernas no paraban de bailar con el miedo. La carrocería de su vehículo no lucía tan dañada desde donde yo contemplaba, pero una vez que revisé a detalle los daños la parte delantera había quedado completamente deforme, el cofre levantado un poco y la defensa abollada. A pocos metros de ahí reconocí al causante de esto, un Tsuru azul que estaba incrustado en un poste, los daños sólo eran visibles en la parte trasera, donde un faro roto denunciaba un golpe, eso, hasta que me aventuré a contemplar la parte frontal, donde sólo se podía observar un ligero golpe que había desfigurado un tanto la carrocería. A unos metros de ahí, se alcanzaba a ver un tercer carro, este era plateado, pero sólo recibió un rasguño muy leve.
La gente nos bloqueaba la vista en todas direcciones, tres patrullas cubrían el lugar y mi hermano apenas llegaba mientras yo intentaba calmar los nervios de mi madre.
Las horas pasaron, mi padre ya había llegado, el carro plateado ya no hacía acto de presencia, las llamadas de emergencia ya habían sido realizadas, la parada que seguía era la delegación de Xochimilco, ahí, la realidad de nuestra ciudad nos abofeteó los ojos, gente miserable por todas partes, y un servicio deplorable.
Las horas pasaban lentamente, mi madre y padre arreglando los asuntos legales, ya nos era fácil reconocer a la involucrada y a sus familiares, conocidos nuestros nos acompañaban en la espera, que parecía prolongarse cada vez más. Durante mi espera, reconocí mi entorno, un mercado se imponía a todas las casas que le rodeaban, en aquel lugar, una cantidad asombrosa de mariachis se encontraban presumiendo sus habilidades. Junto a la delegación, gente hablando sola, personas sentadas en el suelo cubiertas con harapos viejos y roídos. Gentes enfermas o aturdidas por doquier, mientras mi hermano, el chofer del taxi en el que mi padre se traslada, un amigo de la familia, mis tíos maternos, esperábamos que todo terminara pronto.
Las horas de espera ya nos habían agotado, ya nos habíamos memorizado la farsa de la señora que conducía aquel Tsuru –se levantaba, cojeaba cada vez que andaba, se sentaba con su familia y no paraba de carcajearse y de comentarles que con algo de suerte mi madre les tendría que pagar el error de ella-. El abogado del seguro que estaba de nuestro lado hizo ajustes (para esto, mi madre y la señora ya habían sido revisadas por un médico en el hospital al que fueron llevadas mientras se procesaba el caso) para acelerar la conclusión de este caso y, no importando cuan obvio era el caso, consiguió como mejor solución que cada parte pagara sus propios daños, siendo esto un acto de total injusticia, pero era eso o quedarnos ahí hasta que todo se resolviera a nuestro favor pero sin atención inmediata a las lesiones de mi madre. La resolución fue lenta, injusta, absurda –tomando en cuenta que el abogado que nos tocó resultó ser bastante inepto- e inútil. Mi madre se dirigió al hospital al mismo tiempo que mi hermano y yo nos dirigimos a nuestro hogar, pero en el transcurso nos pudimos dar cuenta de qué era lo que nos rodeaba, paredes pintadas con garabatos, grupos de hombres y mujeres con ropa sucia y con caras llenas de malicia, que combinaban perfectamente con su pinta de malhechores, verdaderos delincuentes.
Me encuentro ahora escribiendo esto, sentado en una cómoda silla, en mi hogar, frente a una computadora nada despreciable, pensando en lo que aconteció en mi vida en tan sólo un día, saboreando un amargo trago de realidad, con el fétido aroma de la melancolía que me produjo contemplar tanta desgracia, tanta corrupción, tanta malicia, tanta deshonestidad, tanta falta de honradez, tanta… Y yo aquí escribiendo sin poder hacer nada, ustedes leyendo o escuchando esto sin mover un dedo, sin preocuparse siquiera por todos aquellos que estaban en una situación igual o peor que mi madre y la señora, que la mujer que conversaba con el viento, que los jóvenes detenidos en las delegaciones y hospitales, que los ancianos que limosneaban jorobados, que muchas personas. Eme aquí escribiendo y ustedes recibiendo lo que escribo, todos sin poder decir otra cosa que, “por eso estamos como estamos”, en vez de un “no permitamos que eso suceda”.
De la computadora se alcanza a distinguir la melodía de “Canon” de Pachelbell y en la ventana sólo se ve la penumbra de la noche, la preocupación por mi madre en mi mente, mis nervios traicionando a mi pulso, un enorme nudo en mi garganta y la impotencia atada a mis puños y piernas, quienes se desquitan con mi corazón y pensamientos.
Diego Sánchez
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