No interesa
Posted by poetasangriento on 01 Sep 2007 at 09:54 pm | Tagged as: Opinión
De la computadora se alcanzaba a escuchar “Canon” de Pachelbell, yo en el caótico estudio de mi casa trabajando en mis deberes escolares, mi hermano en mi habitación reparando y configurando mi ordenador, mi padre en la regadera, todos ocupados en lo suyo. El teléfono fue el encargado de terminar con aquel aire de paz que se respiraba en mi hogar, era mi madre, la angustia en su voz y las sirenas mezcladas con murmullos de personas curiosas hacían de la llamada algo inusual, la habían embestido con un vehículo mientras se dirigía a su trabajo. Más tardamos en colgar que en movilizarnos, mi hermano listo en quince, yo en veinte – malditas botas-, mi padre apurándose a vestir, en fin, mi hermano y yo tuvimos que correr por nuestra cuenta.
Gracias al vehículo en el que nos subimos –un carro Verna plateado, compacto, de dos puertas- pudimos acortar el tiempo de llegada. Al llegar, me bajé del vehículo y, por unos segundos, me quedé petrificado ante la escena, en frente de mi, habían tres vehículos, el más cercano a mi era aquel que reconocí como el de mi madre, se podía observar que la puerta del copiloto yacía abierta y que de ahí saltaba a la vista el cuerpo de mi madre, quien tenía el celular adherido al oído y los ojos llorosos, sus piernas no paraban de bailar con el miedo. La carrocería de su vehículo no lucía tan dañada desde donde yo contemplaba, pero una vez que revisé a detalle los daños la parte delantera había quedado completamente deforme, el cofre levantado un poco y la defensa abollada. A pocos metros de ahí reconocí al causante de esto, un Tsuru azul que estaba incrustado en un poste, los daños sólo eran visibles en la parte trasera, donde un faro roto denunciaba un golpe, eso, hasta que me aventuré a contemplar la parte frontal, donde sólo se podía observar un ligero golpe que había desfigurado un tanto la carrocería. A unos metros de ahí, se alcanzaba a ver un tercer carro, este era plateado, pero sólo recibió un rasguño muy leve.
La gente nos bloqueaba la vista en todas direcciones, tres patrullas cubrían el lugar y mi hermano apenas llegaba mientras yo intentaba calmar los nervios de mi madre.
Las horas pasaron, mi padre ya había llegado, el carro plateado ya no hacía acto de presencia, las llamadas de emergencia ya habían sido realizadas, la parada que seguía era la delegación de Xochimilco, ahí, la realidad de nuestra ciudad nos abofeteó los ojos, gente miserable por todas partes, y un servicio deplorable.
Las horas pasaban lentamente, mi madre y padre arreglando los asuntos legales, ya nos era fácil reconocer a la involucrada y a sus familiares, conocidos nuestros nos acompañaban en la espera, que parecía prolongarse cada vez más. Durante mi espera, reconocí mi entorno, un mercado se imponía a todas las casas que le rodeaban, en aquel lugar, una cantidad asombrosa de mariachis se encontraban presumiendo sus habilidades. Junto a la delegación, gente hablando sola, personas sentadas en el suelo cubiertas con harapos viejos y roídos. Gentes enfermas o aturdidas por doquier, mientras mi hermano, el chofer del taxi en el que mi padre se traslada, un amigo de la familia, mis tíos maternos, esperábamos que todo terminara pronto.
Las horas de espera ya nos habían agotado, ya nos habíamos memorizado la farsa de la señora que conducía aquel Tsuru –se levantaba, cojeaba cada vez que andaba, se sentaba con su familia y no paraba de carcajearse y de comentarles que con algo de suerte mi madre les tendría que pagar el error de ella-. El abogado del seguro que estaba de nuestro lado hizo ajustes (para esto, mi madre y la señora ya habían sido revisadas por un médico en el hospital al que fueron llevadas mientras se procesaba el caso) para acelerar la conclusión de este caso y, no importando cuan obvio era el caso, consiguió como mejor solución que cada parte pagara sus propios daños, siendo esto un acto de total injusticia, pero era eso o quedarnos ahí hasta que todo se resolviera a nuestro favor pero sin atención inmediata a las lesiones de mi madre. La resolución fue lenta, injusta, absurda –tomando en cuenta que el abogado que nos tocó resultó ser bastante inepto- e inútil. Mi madre se dirigió al hospital al mismo tiempo que mi hermano y yo nos dirigimos a nuestro hogar, pero en el transcurso nos pudimos dar cuenta de qué era lo que nos rodeaba, paredes pintadas con garabatos, grupos de hombres y mujeres con ropa sucia y con caras llenas de malicia, que combinaban perfectamente con su pinta de malhechores, verdaderos delincuentes.
Me encuentro ahora escribiendo esto, sentado en una cómoda silla, en mi hogar, frente a una computadora nada despreciable, pensando en lo que aconteció en mi vida en tan sólo un día, saboreando un amargo trago de realidad, con el fétido aroma de la melancolía que me produjo contemplar tanta desgracia, tanta corrupción, tanta malicia, tanta deshonestidad, tanta falta de honradez, tanta… Y yo aquí escribiendo sin poder hacer nada, ustedes leyendo o escuchando esto sin mover un dedo, sin preocuparse siquiera por todos aquellos que estaban en una situación igual o peor que mi madre y la señora, que la mujer que conversaba con el viento, que los jóvenes detenidos en las delegaciones y hospitales, que los ancianos que limosneaban jorobados, que muchas personas. Eme aquí escribiendo y ustedes recibiendo lo que escribo, todos sin poder decir otra cosa que, “por eso estamos como estamos”, en vez de un “no permitamos que eso suceda”.
De la computadora se alcanza a distinguir la melodía de “Canon” de Pachelbell y en la ventana sólo se ve la penumbra de la noche, la preocupación por mi madre en mi mente, mis nervios traicionando a mi pulso, un enorme nudo en mi garganta y la impotencia atada a mis puños y piernas, quienes se desquitan con mi corazón y pensamientos.
Diego Sánchez
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